"Dios mío, estoy llorando el ser que vivo;
me pesa haber tomádote tu pan;
pero este pobre barro pensativo
no es costra fermentada en tu costado:
¡tú no tienes Marías que se van!"
César Vallejo
¿No te has sentido alguna vez, amigo mío, un personaje inmerso en una gran y extraña nivola? como si de Niebla se tratará, desafío a mi autor en el diario vivir; pero este Señor vengativo me alecciona, tumbando mis pretensiones de poder ser mi pequeño dios.
Hace ya tiempo de la vez que viaje a ver a los mios, allá en las tranquilas tierras de mi natal San Vicente. Era Domingo, el día de la madre, y como buen hijo mamón, fui a verla, acompañandola a todas partes; como, por ejemplo, a misa.
Estaba ahí presente en cuerpo porque en alma me iba y venia, inmerso en ideas, pensamientos, locuras de que aquellas que atacan de vez en cuando, olvidando completamente donde estaba; hasta que lloró. Sí, lloró: el sacerdote, que reflexionando la lectura, y sermoneaba a los oyentes, se había quebrado en llanto. Había recordado a su madre enterrada hace unos días.
Pidió disculpas, tomo agua y continuo; pero en mi cabeza ese llanto había congelado y borrado todo lo que pensase. Dentro de ella, ese llanto, había traído (¿resucitado?) a Vallejo; veía en los ojos de aquel hombre los ojos húmedos de quien vio a María irse.
Amigo, ¡realmente había quedado perturbado!, mi cabeza no hacia mas que repetir una y otra vez un verso, "¡tú no tienes Marías que se van!"; me atacaba, se repetía como maldición, me recordaba que nada (y nadie) amado es eterno.
"¿Cómo será el mundo cuando no pueda yo mirarlo/ ni escucharlo ni tocarlo ni olerlo ni gustarlo?/ (...) ¿cómo será el mundo sin preguntas?" (Mario Benedetti).
¿Cómo sera el mundo sin preguntas? Solitario, simple, hasta utópico ¿Pero sin tu madre, sin tener ese regazo que siempre espera dispuesto a acogerte? No, no lo puedo concebir.
Mi amigo, ¿por qué sera siempre tragedia la muerte de un hijo, y solo un hecho de vida la pérdida de una madre? ¿sólo porque uno llegó después que el otro?
¿La gallina o el huevo? prefiero ser huevo revuelto, señor!.
¡Tú que estas en los cielos, no sabes! ¡no! no has sentido nunca miedo, el miedo, esa terrible espina que te perfora el alma; ese miedo de que alguna ves Ella ya no estará ahí. Se me hace un nudo en la garganta.